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Ondean 1

 

Los recuerdos ondean en los
terrados. Dejan que el viento les hinche
los pulmones, vacíos,
exhaustos desde el último sueño
-o pesadilla, tal vez- que les desveló.
El sol seca sus humedades
nocturnas y calienta sus huesos,
deformados y retorcidos
por el paso del tiempo y el
decalaje de la memoria, que moldea
a su antojo el calcio de la historia.

Se ha hecho necesario
lavarlos de nuevo, empapados
como estaban en sudor,
un sudor frío y puntiagudo
como pegajosas estalactitas.
Las gomas se han soltado
del colchón y los recuerdos bajeros
yacen flácidos y arrugados
en el lado opuesto de la cama.

Habrá sido una noche larga,
a juzgar por mis escasas ganas
de despertar. Los recuerdos
están pegados a mi cuerpo,
adheridos a mi piel como
envasados al vacío y huelen
a polvo, a cerrado, a biblioteca
reducida a cenizas. Tienen escrito
en cercos de sudor nombres que
certifican mi pasado, pero que no
dudan en testificar en mi contra;
nombres que a contraluz
palidecen de vergüenza ajena.

Anoche, cuando estaba en la cama,
pensaba que su abrazo me reconfortaría
del frío de la soledad,
que me transportaría a lo singular
de la primera persona, en primera
línea de mar, sin apenas peajes
ni consecuencias; que me dejaría jugar
un rato con el tiempo y fingir
que soy el que solía.
De nuevo.

Sin embargo el abrazo fue
enfriándose, como el amor dormido
al raso, y sus dedos hermosos,
moldeables, almacenados,
tantas veces clasificados,
se convirtieron en garras de sutura
que perforaban el olvido; en camisa
de fuerza que encorsetaba
el pasado, abotonando sus surcos,
esposando suspiros oxidados
al dosel de la cama.

Los recuerdos se convierten
en sudario, en el sudario
con el que tapar mi cuerpo
si sube la fiebre. En el lienzo donde
seguir el contorno de la costa
bajo pena de amputación
dactilar. Se convierten en la funda
con la que cubrir la almohada
y sugerir a mis sienes finales
alternativos. Embalsaman
mi cuerpo para detener el paso
del tiempo al precio de
resecar mi alma, inmovilizándola,
incapaz de arrastrar el lastre
de una memoria empapada.

Los recuerdos sestean en las
cuerdas de tender como notas
impolutas de una sinfonía.
Dejan que el viento airee los
reproches y ventile sus recursos,
vacíos, exhaustos desde la última pesadilla
—o sueño, tal vez– que los desveló.
Cuando el sol seque del todo
sus ojos deshilachados
los recuerdos volverán al armario,
doblados y perfumados con un
ramillete de lavanda, dispuestos,
como siempre, a asomarse
a los bordes de mi cama.

 

 

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