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Mudar la piel 0

 

Una mudanza indecisa
ni compra muebles nuevos
ni saca los viejos de casa.
Una mudanza indecisa
fantasea con la idea
de que todo siga igual.

En una mudanza confusa
llega un momento en que se mezclan
muebles cubiertos de plástico
con muebles por desprecintar.
En cambio, los muebles se llevan
por dentro en una mudanza en soledad
y se entierran, junto a la memoria,
en mudanzas que prefieren
mirar para a otro lado.
Una mudanza forzosa
obliga a los muebles a subirse al camión,
mientras que en una mudanza voluntaria
son los muebles los que eligen
a quién quieren parecerse.
Hay mudanzas, a ciegas,
que amordazan los muebles
con cinta aislante
y mudanzas en extremo arrepentidas,
que los lanzan vestidos a la hoguera.
Hay mudanzas que se exilian
y guardan los muebles en un trastero
y hay mudanzas fingidas
en las que todo es de cartón.
También hay mudanzas virtuosas
que preservan los muebles en un guardapolvos
y mudanzas previsoras
que les dan otra capa de barniz.
Hay mudanzas rencorosas,
evitables, repetidas pero nunca iguales,
mudanzas a la vuelta de la esquina
o al otro lado del tiempo,
mudanzas frustradas y mudanzas de más,
de mentira, de juguete y de papel
―que al tener una firma
rubrican oficialmente su traslado.
Hay mudanzas alimentadas sin hambre
y mudanzas hinchadas a pulmón.
Montones de mudanzas muy usadas
o nuevas a estrenar,
a destiempo,
frágiles y oxidadas,
apartadas para reparar,
mudanzas propuestas, aplazadas
y finalmente anuladas
por la necesidad imperiosa
de retener el presente.
Hay mudanzas en espera
con muebles suspendidos,
a diez centrimetos del suelo,
del hilo musical.
Hay mudanzas que envejecen
más rápido que el casero
y mudanzas inminentes,
con muebles que desbordan pasillos,
que abarrotan rellanos,
que desbordan voluntades,
y que nunca terminan de arrancar.
Hay muebles conocidos, identificados,
en mudanzas que empezaron
siendo anónimas
y acabaron por testificar.
Hay mudanzas realistas
conscientes de sus límites
y de las tarifas aplicadas
en el desplazamiento.
Hay mudanzas olvidadas.
O directamente perdidas.
Mudanzas clavadas en el corazón,
y que se astillan al moverlas.
Hay quien suplanta mudanzas
para ponerse en la piel
del que toma decisiones
y quien directamente las evita,
cortándolas a tiempo,
de pequeñas,
cuando todavía son inofensivas.

Son mudanzas errantes, todas ellas,
que cada noche, alrededor del fuego,
plantan en círculo sus muebles
para recuperar algo de calor.

 

 

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