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Me resbala 3

Hay un momento en la vida de todo superhéroe en el que es consciente por primera vez de su superpoder. Debe haber un instante en concreto que marca la diferencia entre lo que hasta entonces creía que era una infancia normal y la certeza de que está pasando algo raro. Me refiero, por supuesto, a los superhéroes con superpoderes innatos y no a los que sufrieron picaduras de insectos, mordeduras de animales o fueron víctimas de accidentes en plantas nucleares, laboratorios científicos o experimentos varios. En estos casos el superhéroe en cuestión suele ser ya grandecito cuando sufre la transformación y sabe lidiar, mejor o peor, con su nueva condición. Es más, enseguida se percata de las aplicaciones prácticas en las que emplear estos dones y de cómo la humanidad se puede beneficiar de ellos, (o en caso de desarrollar una actitud bastante menos altruista, pensar únicamente en sacar réditos personales de la considerable ventaja sobre sus semejantes y convertirse en supervillano). No me refiero a ellos. Quiero ocuparme más bien de los superhéroes congénitos, de esos que ya eran arropados en la cuna con el estigma de la diferencia.

La procedencia de sus superpoderes no es ni de lejos tan variada como en el caso de los superhéroes devenidos, pero sí más mística en general. Están los que provienen de planetas, estrellas, cometas y demás objetos del espacio exterior. También los pertenecientes a ilustres estirpes en el árbol genealógico de la superheroicidad, incluidos descendientes de dioses, semidioses y algún que otro dios en persona. Y finalmente el grupo, al que pertenezco yo, de los superhéroes que desconocen por completo el origen de su superpoder, que no responde a lógica alguna, que parece no corresponder a ningún plan superior, que se han cansado de esperar una señal del destino que le dé significado a semejante anomalía y, finalmente, se la suda todo lo que tenga que ver con ello.

Ya desde bien pequeño recuerdo tener la sensación de que era diferente a los demás, de que era especial. El destino debía tener reservadas grandes cosas para mí. Pero, ¿quién no ha sentido eso desde su más tierna infancia?. De hecho, es paso obligado en el descubrimiento paulatino de la individualidad cierta conciencia de la singularidad de uno mismo. Sea como fuere, yo me sentía así. La cuestión es que ni por asomo me imaginaba cómo de diferente iba a ser con respecto a los demás ni en qué radicaba esa diferencia.

Una luminosa mañana de verano había bajado hasta las rocas que bordean el puerto para buscar mejillones. Como cada año, el pueblo costero donde veraneaba con mis padres y mi hermano pequeño se ofrecía lleno de aventuras y misterios a un niño que tenía en la soledad a su mejor compañera de juegos. Con mis sandalias de goma azules saltaba de roca en roca con cuidado de no tocar el agua. No me gustaba el agua. No me gustaba nada. Sí, lo sé: para alguien a quien le desagrada sobremanera cualquier contacto acuático veranear en un pueblo de costa debía ser poco menos que una tortura. Pues no mucho, no creáis. El agua tiene la buena costumbre de quedarse donde está, a no ser que cambies su estado o continente, y yo la dejaba en paz y ella no se metía conmigo. Mi abuelo fue pescador y no sabía nadar. Así que ahí estaba yo, despreocupado y con mi bolsa de mejillones cada vez más pesada atada a mi bañador. Uno chicos observaban mis evoluciones entre las rocas. Eran cuatro y la ociosidad y el calor les hacía remojar los pies sentados en un espigón. Sin darme cuenta, contento de lo que iba engordando mi bolsa, me fui acercando a ellos. Cuando levanté la cabeza se habían incorporado y situado estratégicamente para cortarme una posible escapada, dejándome entre la pared del malecón y ellos. Los reconocí en seguida. Era el grupo de chicos que siempre ocupaba la misma franja de playa que nosotros, que mis padres, mi hermano y yo, cuando bajábamos al mar. Se pasaban toda la mañana en el agua, entre chapuzones, persecuciones, ahogadillas y peleas acuosas unos a hombros de otros. De vez en cuando se me quedaban mirando, entre breves armisticios, supongo que extrañados de mi actitud; no me bañaba, me tiraba todo el día leyendo, tumbado en la toalla, y cuando vigilaba a mi hermano que jugaba en la orilla me levantaba apresuradamente si intuía que una ola más alargada que las demás amenazaba con mojarme los pies.

—Vaya, quién está aquí… ¡el impermeable!— dijo el más alto. Debía ser mi apodo. —¿Has cogido muchos mejillones?.

No tenía ninguna intención de contestar. Simplemente analizaba su disposición buscando un hueco por el que burlar su acecho.

—¡Que si has cogido muchos mejillones!— repitió.

Ya había tenido un par de encontronazos con pandillas de abusones para saber que esas preguntas retóricas no eran más que el preludio a varios zarandeos, y el consiguiente cambio de propietario de la bolsa de mejillones.

—El impermeable no quiere hablar con nosotros— dijo un chaval escuálido e inusualmente moreno.

—No, no quiere hablar con nosotros— subrayó otro no tan delgado y con unas gafas de bucear en las manos.

—Igual le traen si cuidado los mejillones— volvió a decir el alto.—¿Es eso, impermeable?, ¿Te traen sin cuidado los mejillones?.

—¿Te traen sin cuidado los mejillones, impermeable?— repitió el escuálido.

Reculé unos pasos sin dejar de escudriñar alternativamente a mis opresores y a los menguantes huecos que los separaban, pero no me di cuenta y se me acabaron las rocas bajo mis sandalias de goma azules. Mis pies entraron en contacto con un palmo de agua caliente y estancada. Por un momento se me nubló la vista. Me mareé. Noté como si mis dedos de los pies se retorcieran y lucharan para salir a respirar a la superficie, como si mis tobillos boquearan buscando un aire que le era insuficiente. Se me paralizaron los músculos. Los pulmones se replegaron como cuando tocas los cuernos de un caracol. Dejé de gobernar mi cuerpo.

—Qué te pasa, impermeable?— dijo el alto —¿tienes miedo?.
—¡Tiene miedo, tiene miedo, impermeable tiene miedo!.

Tenía miedo, pánico. Pero no de ellos.

Se acercó el que parecía el más mayor de los cuatro. Y el más desarrollado. —No te asustes, impermeable, si no te vamos a hacer nada. Sólo queremos ser tus amigos— dijo mirando a los otros apenas disimulando un risa ladeada y enseguida correspondida.

—¡Sí, impermeable, sólo queremos ser tus amigos!.

Sin ser consciente de qué hacía y de cómo lo hacía, agarré la bolsa de mejillones y se la arrojé al más mayor. Las risas pararon al instante. No lo hice tanto por defenderme como para que me dejaran en paz y pudiera salir del agua. Los tres se quedaron mirando al más mayor, esperando su furiosa reacción. La bolsa le había dado en la frente. Se quedó inmóvil entre sorprendido por aquel renacuajo que se había atrevido a tirarle una bolsa de mejillones a la cara y analítico, buscando entre su extenso repertorio de fechorías cuál se adecuaba más a mi osadía.

El más alto, al ver que el más mayor no reaccionaba, dio un paso hacia mí, indignado y a la vez satisfecho por haberle proporcionado la excusa perfecta para poder golpearme hasta compensar la ofensa. Pero el más mayor lo detuvo levantando una mano, deteniendo el inminente castigo y el aire que mis pulmones se negaban a aspirar. Las manos se me estaban agarrotando y todo mi cuerpo adquiría un alarmante color azulado.

—Veamos por qué nunca te bañas— dijo el más mayor, dirigiendo su mirada autoritaria a un cubo vacío que había junto a la pared del malecón. —Vamos a ver por qué no te gusta el agua.

El más alto cogió el cubo y lo sumergió en el agua. Mis oídos se cerraron y las risas del escuálido y del de las gafas de bucear parecían brotar de lo profundo de una cueva. Se oscureció la escena salpicada por puntitos rojos y por la aterradora idea de que pudieran vaciar todo un cubo de agua encima mío. Si mojar los pies me estaba produciendo semejante reacción, ¿qué sería de mí si mojaban todo mi cuerpo?.

El más alto alzó con dificultad el chorreante cubo. Era un cubo grande. Lleno de agua. Lleno de miedo. El escuálido y el de las gafas de bucear agrandaron sus expectantes ojos. El más mayor ladeó una sonrisa. El más alto balanceó con pesadez los brazos para tomar impulso y descargó todo el agua del cubo en mi dirección.

Lo que pasó a continuación me marcó a fuego para el resto de la vida.

El agua se estrelló contra mi cuerpo y salió rebotada hacia un lado, como si yo no fuera su último destino sino más bien un simple impás, un punto intermedio en su camino hacia otra parte, un punto de apoyo desde el que coger impulso y continuar su ruta. Sin dejar nada atrás. Sin dejar huella alguna de su paso por mi geografía. El agua había chocado contra mí pero no había mojado mi cuerpo. Era como si de ese cubo hubieran salido millones de diminutas gotas de mercurio. Mi piel era la superficie inmaculada de una flor de loto. Impermeable.

Los cuatro no entendían qué demonios pasaba, qué estaba funcionando mal. Mi bañador estaba mojado pero el resto del cuerpo permanecía impasible, inalterado, seco hasta el último pelo de la cabeza. El más alto volvió a hundir el cubo en el palmo de agua caliente y estancada y repitió la operación lanzándome otra andanada. Nada. Seco como un gato bajo el sol de mediodía. El escuálido y el de las gafas de bucear echaron a correr. El más alto sumergió de nuevo el cubo, pero algo debió cruzar por su mente que le obligó a dejarlo y salir corriendo. El más mayor retrocedió unos pasos sin dejar de mirarme y finalmente salió persiguiendo a la carrera a sus amigos.

Yo tampoco entendía qué pasaba. En esos momentos debería estar empapado y sufriendo las consecuencias del agua abrasándome la piel, y sin embargo estaba completa y triunfantemente seco. Se escapaba a toda lógica. No tenía sentido. ¿Qué había ocurrido?. Había desaparecido todo el mal que me producía el palmo de agua caliente y estancada. Mis pulmones se expandieron como velas hinchadas por un repentino viento. Mis dedos de los pies reposaban tranquilos y confiados en el fondo. Mis tobillos descansaban firmes pero con soltura en la superficie. Es más, miré hacia abajo y como si me hubiera transformado en una especie de Moisés a pequeña escala, el agua no tocaba mis pies; se había retirado un centímetro y mantenía esa distancia en todo mi contorno, conteniéndome como un molde acuoso pero respetando una prudente distancia de seguridad.

Esa fue la primera vez en que fui consciente mi superpoder, y la primera vez que se manifestó con tanta contundencia y resolución. El agua me repele, o yo repelo al agua. Con el tiempo, claro está, he aprendido a convivir con este desafío a las leyes de la física que es mi don. No es que llegue a controlarlo a voluntad, ni mucho menos, pero sé cómo manejarlo. He perfeccionado la manera de lavarme en seco. Le he cogido el gusto, y la magia diría yo, a pasear bajo una lluvia que sólo cala mi vista. Consigo imponerme a los peluqueros que se empeñan en mojarme el pelo. Me he bañado sin cautela en ríos de la India. Aunque no todo son ventajas: nada irrita más a tu novia que lanzarte un vaso de vino en una discusión y que sólo se moje el mantel.

Hace ya tiempo que he dejado de plantearme qué sentido tendrá todo esto, de preguntarme para qué he sido elegido, por quién, y qué se supone que debería estar haciendo con este don. La ineludible y corrosiva incomprensión que he arrastrado durante tantos años ha dejado paso a una plácida aceptación y a una rendición sin condiciones que me ha liberado de la pesada carga del destino. Me he reconciliado conmigo y ahora soy feliz trabajando de socorrista en el pueblo costero donde veraneaba de pequeño. Y nadie nada más rápido que yo.

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