Loading...
Home / Fotos / Marca de agua

Marca de agua 2

De pequeño, tan pequeño como el sol que despuntaba, bajaba con mi padre a lavarnos al río sagrado. Durante el camino por los tortuosos afluentes de piedra y polvo iba agarrado a su mano con temor a que un remolino humano nos separara. Daba saltitos para no quedarme atrás. Me aterraba quedarme atrás, soltar su mano y perderme para siempre (cuando era niño sólo existían el siempre y el nunca, luego la madurez introduce los a veces). Dejábamos que la suave corriente de feligreses nos llevara, como dos ramas de sándalo, y al girar una esquina la ciudad se abría, se desmoronaba, caía de rodillas y se postraba sumisa ante el todo, la diosa, el Ganges. Varanasi nació para rendirle pleitesía, homenaje y servidumbre al Ganges. Nació rendida a sus pies. Entonces mi padre se paraba un segundo y dejaba escapar el aliento contenido durante el serpenteo, aliviado de que el río continuara allí, de que todo tuviera sentido. El río le decía quién era. Se le relajaban los hombros y empezábamos a bajar los pequeños precipicios que eran los escalones del ghat. Un salto, otro salto, otro más, hasta que la ciudad cogía aire y empezaba a bucear. Recuerdo que me fascinaba el tramo de escalón donde se encontraban el fin y el principio, el polvo y el agua, lo humano y lo divino. Ese tramo de escalera donde todo trascendía, donde se elevaba el alma y se sumergía el cuerpo. Entonces ya estaba a buen recaudo, a salvo, me protegía lo eterno, y ya me podía soltar la mano. Mi padre seguía avanzando por la ciudad ahora acuosa y se abrazaba al río. El agua le cubría los tobillos, las caderas, los hombros. No era tanto que él se hundiera como que el mundo se elevaba. Se sumergía por completo, el Ganges le inundaba. Por tres veces lo hacía y en la última, que duraba un poco más, se daba la vuelta y emergía cara a mí. Se había renovado, había mudado la piel, el río le había arrancado las impurezas y se las había tragado. Le había pulido y sacado brillo. Las compuertas del alma le chorreaban agua vaciándose.

Desde entonces bajo al río cada mañana. Mi zancada ahora de de adulto recorre sola los callejones, y se detiene ante la visión de la divinidad cuando asoma entre el gentío. Bajo los escalones ya domados y me detengo ante la frágil frontera que es la orilla. Aquí está, como siempre. El Ganges humedece mis pies y mi alma, es la promesa que rozo con la yema de los dedos, el espejo en el que me gustaría mirarme. Pero no me reconoce, no veo mi brillo reflejado en sus aguas. Sigo descendiendo y me dejo engullir. Una, dos, tres veces. Deseo emerger siendo otro, purificado, libre de las costras que el tiempo va adhiriendo a mi quilla, calafatear el pasado. Pero me escupe, me rechaza. Vuelvo a la orilla chorreando desconsuelo. No consigo que me arranque los despojos del rencor. Me niega. Me dice lo que no soy.

Entonces saco mi pastilla de jabón y froto, no me queda otra que frotar. Froto la desilusión, froto el hastío, la soledad, la decepción, froto el miedo y la resignación, el destierro, la impotencia, froto la oportunidad perdida. Me froto el Ganges.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

UA-62585102-1

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies