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Luego 0

 

Fui alcanzado por una flecha
disparada hacia las nubes,
alcanzado por el tiro al aire,
por las salvas ejecutadas en mi honor.

Y el tiempo se paró en seco,
como se para en seco un estornudo
mal curado, y todos los sueños,
todos los encargados,
salieron despedidos
de los asientos traseros
para ir a estrellarse, sin brillo,
a la cola del paro.

En ese preciso instante,
justo en ese,
entré a engrosar las filas
de los que han perdido la vez,
de los que arrastran los pies
no queriendo dejar huella,
de a los que la fuerza de la gravedad
les reclama la cabeza.

La tragedia habita, fanática,
el hueco que debería ocupar
la rueda de repuesto
y me sustituye en el retrovisor
cuando se queda dormido el volante.

Ahora me dejo el pelo largo
porque hace tiempo que ya no transito
por las esquinas achatadas de los ojos.
Ahora, para dormir,
me tapo con los párpados caídos
intentando no levantar —ni mucho
menos despertar— falsas sospechas.
Ahora, el resto del día,
si ya me he levantado,
utilizo ojeras progresivas
para ver de cerca el insomnio,
para ver su máscara hablando.
Ahora, se me ha extirpado
la prosodia de la vida
y me obliga a planear, cada vez,
el camino de vuelta a casa.

Ahora me molestan los bordillos,
las conversaciones,
la soledad, las nocheviejas,
la pendiente y los cumplidos,
los cuchillos y su atajo,
el ir a por el pan y volver siguiendo migajas,
el correr a refugiarse
y no moverse del sitio,
la feria y su noria,
la ciudad y su horario,
el secuestro del silencio a plena luz del día
y su demanda de rescate
grabada en una cinta.

Destacable es la puntualidad del ahora
y también su extremismo:
si le miras fijamente te desafía,
siempre con el exigente
ahora o nunca en la boca.
Ahora caigo, subo ahora,
hablar ahora o callar para asentir siempre,
ahora vuelvo, ahora en serio,
ahora veremos, ahora sin luz
—me ahoga el ahora, a deshora,
para llamar la atención―.

Ahora salgo, muy de vez en cuando,
de la unidad de cuidados intensivos
para tranquilizar a mis amigos
y comunicarles que estoy bien.
Ahora, envidio para mis adentros
cantidades sin gentes
de un líquido pastoso y gris,
de sobra para repartir
a todo el que lo demande
―siempre que llame, por supuesto,
a una hora convenida―.

Ahora no me quedan fuerzas
para no hacer nada.
Ahora esquivo cuchillos
lanzados en la oscuridad.

¿Y luego?

Desde ahora hasta luego
es una grieta tan grande
que no la puedo saltar.

 

 

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