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La nueva celda 1

 

Cuando J.S. abrió los ojos un vaso de plástico blanco y lo que parecía su sombra holográfica estaban frente a él. El vaso principal mantenía sus condiciones habituales de vaso de plástico, como solidez, contorno o densidad, pero el otro, retirado unos centímetros hacia atrás y solapado ligeramente sobre el primero, se mostraba borroso, como difuminado y atravesado por la luz que debería ocultar detrás. Bajo los vasos, una mesa blanca y estrecha también se desdoblaba como ellos; fuerte y compacta la primera y traslúcida y sinuosa la segunda. Juntos, vasos y mesas, componían un austero y extraño bodegón de ilusiones ópticas.

La garganta de J.S. intentaba tragar pero la falta de saliva y el estar recostado en una cama le dificultaban la acción. Alargó el brazo, que también estaba repetido, buscando los vasos de plástico. Sintió la mano alarmantemente temblorosa y descoordinada al acercarse dubitativa a las mesas suspendidas sobre su barriga. Sus dedos parecían no saber ejecutar las órdenes precisas que les dictaba el cerebro y después de un par de frustrantes intentos derramó los vasos.

J.S. se sentía torpe y errático como un bebé. Intentó incorporarse bajo la delgada sábana que le cubría hasta el pecho pero no encontró las energías para hacerlo. En cambio notó que la cabeza se le iba. Su cerebro flotaba en una barca mecido por leves pero constantes olas simétricas. El intento no conseguido de incorporarse en la cama había dejado, sin embargo, una estela de movimientos fantasma en su cabeza que se iban diluyendo como un eco. Estaba mareado y cerrar los ojos sólo aumentaba el vértigo de funambulista que sentía.

J.S. enfocó más allá y se topó con una pared blanca a sus pies que no tenía ningún adorno, ningún saliente; nada. A su derecha otra pared, rebosante de nada también. Y a su izquierda, una máquina. Una máquina y su réplica difuminada. J.S. giró la cabeza -sus ojos llegaron antes que su cerebro- para escudriñar el aparato. Cables, botones, una consola, pantallas. Un hospital. Estaba en la habitación de un hospital. En la cama de un hospital. Entonces intentó recordar. ¿Qué hacía allí? ¿Había sufrido un accidente? ¿Por qué estaba solo? Pero no conseguía recordar nada. Todo era confuso. La memoria le daba vueltas. Estaba sumido en una especie de letargo pastoso y enfangado que le devolvía a la casilla de salida cada pensamiento que iniciaba.

En la misma pared que la máquina pero algo más retirada había una puerta que hasta ahora había pasado desapercibida para J.S. Se abrió y entraron decididas dos enfermeras de idénticos pasos y gestos que se fueron directas al complejo aparato, sin dedicarle tan siquiera una mirada. J.S. observaba impaciente sus espaldas esperando que se volvieran mientras un amasijo de preguntas se atropellaban en su cabeza. Pero no se giraban. Hizo otro intento por tragar saliva decidido a tomar la iniciativa y abrió la boca. No emitió ningún sonido. Probó de nuevo. Nada. En su mente se formaba claramente la palabra «hola» pero sólo esforzándose mucho consiguió soltar un leve gruñido informe. Su pensamiento y su boca estaban desconectados, aislados el uno de la otra. Lanzó otro gruñido, esta vez con más fuerza, y las enfermeras siamesas se giraron. Se le quedaron mirando. ¡Por fin! Ahora vendría una explicación a toda aquella sinrazón. Analizaron la escena meticulosamente, pusieron en pie el vaso de plástico caído sobre la mesa y salieron igual de decididas por la puerta.

J.S. se sentía amordazado, agitándose dentro de una camisa de fuerza que le oprimía el cerebro. La angustia del desconcierto estaba dejando paso a un simple y llano terror; no sabía lo que le estaba ocurriendo pero fuera lo que fuese se empezaba a dar cuenta de su extrema gravedad. Volvió a rebuscar entre los jirones deshechos de su memoria. Cerró con fuerza los ojos y, a pesar de que ello acrecentaba su sensación de mareo, consiguió rescatar un atisbo de recuerdo: fluorescentes, techo, pasillo. Estaba logrando algo. Imágenes sueltas. Apretó con más intensidad y tiró atrás en el tiempo: una furgoneta, sentado en la parte de atrás de una furgoneta, con más gente, un peto naranja, esposas.

La puerta de la habitación se volvió a abrir a la vez que los exhaustos ojos de J.S. Entraron tres pares de personas que vestían idénticos trajes oscuros y se quedaron observándole a los pies de la cama. Estaba agotado por el esfuerzo y la desolación. ¿Quiénes eran esas personas? No llevaban batas blancas. ¿Qué querían? ¿Le iban a explicar qué demonios pasaba y por qué estaba allí? Le desorientaba casi tanto la ignorancia como el malestar físico que gobernaba todo su cuerpo. Las tres parejas de traje oscuro hablaban en voz baja, no tanto para no molestar sino para ocultar confidencias. Deliberaban, asentían, volvían a mirarlo, consultaban sus dispositivos. Finalmente se acercaron por el lado derecho de la cama. Uno de ellos, y su sombra, se aproximaron aún más y sacando una especie de bolígrafo con punta de luz empezaron a moverlo de izquierda a derecha frente a la cara de J.S. Éste se dio cuenta de que sus ojos no podían seguir a las dos luces cuando se acercaban a los extremos. Su campo de visión se había reducido considerablemente. El hombre de traje oscuro y su copia volvieron a deliberar con los demás. Esta vez estaban más cerca y J.S. contaba con poder oír lo que decían. O eso esperaba. Hasta el momento no había prestado atención al sonido. Oía una especie de zumbido constante que inconscientemente había atribuido a un ruido procedente de la máquina a su lado. Pero lo analizó con más detenimiento y no parecía ese su origen. Estaba como, como dentro de su cabeza. Era un sonido agudo, metálico, compacto. Le hizo pensar en un ventilador, en un grupo electrógeno, en un grifo abierto. J.S. aguzó todo lo que pudo el oído pero el zumbido de su cabeza convertía en un murmullo ininteligible las voces humanas. Le pareció reconocer algunas palabras sueltas entre el amasijo de frases retorcidas: «gobierno» , «cárceles», «ley», «éxito» , pero no podía estar seguro.

El trío de trajes oscuros y sus aureolas se encaminaron a la puerta, le miraron una última vez y salieron. J.S. quiso decir algo, llamar su atención, tomar de alguna manera las riendas del asunto, pero era incapaz, como si quisiera participar de una película desde el patio de butacas de un cine, como si se fuera hundiendo cada vez más en las profundidades angustiosas de un mar opaco y viera alejarse la superficie sobre él. Sin poder hacer nada. Cayendo hacia el fondo con los pies cimentados en una pesada impotencia.

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En el año 2045 el Congreso de los Estados Unidos de América aprobó la puesta en marcha del programa piloto que dos años después desembocaría en la llamada Ley de Restablecimiento de Responsabilidad. Esta ley, auspiciada conjuntamente por el Departamento de Salud y Servicios Sociales y el Departamento de Justicia, tenía como finalidad reducir drásticamente los gastos y recursos destinados por el Estado a la población penitenciaria, concretamente a los derivados por los reclusos condenados a cadena perpetua, debido al aumento significativo de dicha población y al endurecimiento considerable de las penas dentro de la sociedad americana, que preveía un crecimiento aún mayor de la misma. El programa en sí consiste en una intervención quirúrgica no invasiva sobre una zona determinada del cerebelo del recluso. Esta zona en cuestión se encarga de gestionar básicamente todo lo relacionado con la coordinación y el equilibrio del afectado, así como la interacción con su mundo exterior a través de vista, oído, tacto y habla. La finalidad de esta intervención es, preservando unas mínimas facultades físicas en el recluso, imposibilitar su libertad de acción impidiéndole así atentar en cualquiera de sus formas contra el marco legal establecido, a la par que descargar al Estado de cualquier tipo de responsabilidad en la manutención y sustento del susodicho durante todo el tiempo que pueda durar su condena, traspasándole directamente a éste y a sus familiares la carga de las consecuencias de sus acciones, ya que posee libertad total de movimientos dentro de suelo americano.
Hasta el día de hoy, admitiendo el desconocimiento de las repercusiones psicológicas y mentales derivadas, podemos concluir que la implementación del programa ha sido plenamente satisfactoria en cuanto a los objetivos que se marcaba y aconsejamos su adecuación a otros ámbitos jurídicos y penales que así lo requieran, a fin de preservar el correcto funcionamiento de la sociedad y el estado de derecho.

∗  ∗  ∗

J.S. tuvo tiempo de recordar todos y cada uno de los pasos que le habían llevado hasta la cama del hospital. Recordó su delito. Recordó su condena. Recordó la cárcel. Recordó el programa en pruebas. Recordó la operación. Y echó de menos su cuerpo, sus movimientos, su identidad y su celda.

 

 

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