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Inmortalizar 0

Inmortalizo. Tengo el don de parar el tiempo a voluntad. Es así. Con sólo accionar el dispositivo especial que siempre llevo colgado del cuello soy capaz de detener cualquier situación, cualquier escena. Para siempre. Click. Ya está. Click. Congelado. Me sale fácil, sin estridencias ni virtuosismos. Sin esfuerzo. Y así, un hecho destinado a perderse entre una sucesión imparable de acontecimientos y acabar sepultado por los escombros de la memoria, permanece impasible al paso del camión de la basura que es el tiempo.
Tampoco es que sepa explicar a ciencia cierta qué es lo que ocurre para que eso ocurra -se me bendijo con el don de parar el tiempo pero no con el de la comprensión del hecho en sí- así que por lo que a mí respecta ese aspecto del proceso pertenece al mundo de la magia, o del ¿quieres que te inmortalice este momento o que te cuente un rollo?; tú verás. A mí me vale. Y a la gente, por lo general, mientras la dejes bien inmortalizada, se la suda.
Son extensos y variopintos los casos en los que la gente requiere de mi don: nacimientos, bautizos, cumpleaños, comuniones, graduaciones, puestas de largo, bodas, presentaciones de libros, congresos, jubilaciones… y un sinfín de acontecimientos que se quiere retener a la fuerza para que no marchen y dejar, así, testimonio de un momento de felicidad.
Y digo retener a la fuerza porque la voluntad de esos instantes es pasar sin dejar huella, que lo sabré yo, pasar de puntillas por el recuento de sucesos. Son instantes todos ellos la mar de humildes que no quieren destacar uno por encima del otro, cuyo único afán es diluirse como gestación del siguiente instante y, sin embargo, son atrapados al vuelo, seleccionados como por un sexador de pollos, ensalzados varios de ellos a la categoría de iconos y, venerados por su testimonio, enmarcados como un paréntesis en el tiempo.
Y también digo dejar testimonio de un momento de felicidad, porque eso es exactamente lo que esperan mis contratantes que les proporcione mi habilidad: detener la inexorable sucesión de acontecimientos justo en el momento que quieren recordar, echarle fijador a la alegría hasta convertirla en perenne y poder, de ese modo, recurrir a ese instante majestuoso en otros instantes vulgares y tristes de los que sus vidas rebosan. Soy, por así decirlo, un expendedor de certificados de felicidad. Acreditado. Oficial. ¿Ves?, aquí éramos tan felices.
Por eso nunca me llaman para inmortalizar entierros, o divorcios, o despidos, o suspensos del carné de conducir. La gente no quiere recordar esas cosas. Ni quiere poseer nada que se lo recuerde. Mira que ojos más hinchados tenía la tía cuando enterramos al tío. Fíjate, lo limpia que quedó la mesa de la oficina después de recoger mis cosas. No gusta. No apetece. Y es de mala educación hacer partícipes a los demás de las miserias propias. En esta salgo yo cuando me dijo que había conocido a otro.
Hay gente que inmortaliza a lo loco, venga ahí, sin parar, click, click, congelado, todo congelado, todo suspendido en el tiempo. Y eso no es. Así no funciona la cosa. Si sometemos los recuerdos a una sucesión continua de instantes no estamos deteniendo el tiempo, lo estamos pasando a cámara lenta. Hay que filtrar, tamizar los momentos, dejar las compuertas abiertas y que vayan pasando, a su ritmo, sin presión, confiados, hasta que medio ves medio intuyes que se acerca uno especial, diferente a los demás, así como excepcional, y esperas agazapado tras tu dispositivo inmortalizador, expectante, sabedor de que el momento singular merodea por los alrededores, y de pronto… ¡zas!, se asoma por el visor en forma de alineación planetaria y todo encaja como si fuera la última pieza de un puzzle. Lo tengo. Momento, te presento a la señora Posteridad.
También es verdad que muchas veces se trata de falsos momentos singulares. No porque actúen de mala fe o se las den de excepcionales sin serlo. Simplemente que apuntaban maneras pero al final se quedaron sólo en eso. Ahí son determinantes la experiencia y la habilidad del inmortalizador. Y la remuneración.
Yo tengo una larga experiencia como inmortalizador, y más que habilidad ya os he dicho que tengo un don. Pero los dones se cuidan, se ejercitan, se cultivan y se apuntalan para que crezcan rectos. Cuando llego a casa, cansado, después de estar inmortalizando todo el día, antes de atender las demandas escolares y afectivas de mis chiquillos, desmonto y limpio minuciosamente, casi de manera obsesiva, mi dispositivo inmortalizador. Pieza por pieza. Puedes haber sido ungido de gracia por la magnificencia y la caprichosa benevolencia de los dioses, pero nada mejor para ensombrecer ese talento que difuminar la posteridad con una mota de polvo del tamaño del sombrero de un picador.
Lo que ocurre es que la escena detenida y atrapada en el tiempo no cuenta toda la verdad. No miente, pero no cuenta toda la verdad. A medida que el acontecimiento se va alejando en el calendario y empequeñeciéndose como el puerto que nos ha visto partir, la escena congelada es una mera referencia, una marca, un punto de libro. Luego, cuando ya cuesta distinguir el acontecimiento en el horizonte, el instante detenido empieza a cobrar entidad propia y, sin atreverse todavía a cuestionar su autoridad, compite con la vivencia y la memoria por la legitimidad y posesión del recuerdo. Al final, con el acontecimiento ya desaparecido, el momento congelado, la inmortalidad hecha papel, se erige victoriosa sobre la memoria y empieza a ejercer su tiránica versión de lo que ocurrió, de cómo ocurrió, y a apropiarse, sobre todo, de la historia sentimental de los hechos.
Es así. Pero es así porque la gente quiere que sea así. Ya le va bien. Le otorgan plenos poderes al papel inmortalizado y dejan que se adueñe de la versión oficial espiritual del acontecimiento. Saben que el acontecimiento congelado es una especie de aliado que les va a enseñar, una vez borradas las aristas e imperfecciones del pasado, lo que quieren ver. Mira, ¿ves?, qué felices éramos.
La gente requiere de mis servicios no porque no quiera olvidar sino porque quiere recordar a su manera. De hecho, cuando se plantan delante mío para que los inmortalice, adoptan una postura, un estar, una fisonomía, que más que responder a una objetiva realidad rinde cuentas a una posterior interpretación, a un futuro análisis y crítica del acontecimiento inmortalizado, y es a él a quien le deben pleitesía pues es él quien los va a juzgar.
Mirad, este soy yo de espaldas inmortalizando una boda. ¡Hace tanto tiempo!. ¡Qué ágil se me ve!. Qué seguridad desprendo. Qué soltura. Qué gracilidad de movimiento. Eran buenos tiempos. Era tan feliz…

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