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Faltas 0

 

“(…) caminaban con la resignada fisonomía
de los condenados a esperar siempre”.

Charles Baudelaire

Me falta el baile despreocupado del paseo
silbando pensamientos oportunos y actuales,
el susurrar mis pies por la piel inquieta del mundo
como la peonza sincera y luminosa que
esculpe su coreografía sin esfuerzo aparente.
Recuerdo la armonía entre mis pasos y mi lengua
deslizarse sutil, con la distancia firme
y la conversación anclada, brillando
con un sol interior que entrelaza y funde
y da sentido a los objetos a mi alrededor.
El andar complacido del que domina las bestias,
los lugares, las invisibles puertas sin techo
que separan audaces el viento del soplo.
Era una danza sorda en un escenario de arena
donde el suelo jugaba a sostenerme
como pétreas olas a un tablón de madera,
flotando despierto y dispuesto en mi deambular azul.

 

Me falta la quietud del paisaje fijo en mis ojos,
indiferente al balanceo errático y erróneo
de unos párpados desbocados que recorren,
tropezando a escondidas, las orillas de las cosas.
Escenario de atrezo atornillado a la indiferencia
estrenas entre tus maderas una obra sobre mi evitar.
Mi pulso y movimiento desenfocan la imagen,
fugaz, esquiva, anónima en el gesto y la intención
pero identificada en rincones de mi memoria.
Con sus colores, su aroma, su mística y su
banalidad, sus plegarias, su sudor, su nostalgia
del revés y su distancia insalvable, su arrastrar
pendiente arriba el lastre de unos sueños rozados,
ninguneados, echados a perder por guardarlos en la recámara.
Es la imagen que me reclama insistente.
Es la imagen que me ata al dolor.

 

Me falta el sonido en exclusiva del hueco en la pared.
El silencio que santifique los vacíos de mi alma.
El oleaje. El despertar. El murmullo. El azar.
Todos están atrapados tras este velo chirriante
que tapona todas las salidas; las de emergencia también.
Y el silencio precede al olvido, y al gallo,
que cruzan miradas como si se conocieran de algo.
Llueve ruido inundando de escombros los cauces secos.
Sopla un viento frío que hiela la sangre de las palabras,
las venas de la conversación. No oír enmudece.
Y amordaza la soledad. Es inútil correr, intentar
zafarse: no puedo desprenderme del jaleo,
aferrado a mí con sus tentáculos anónimos,
incrustado en la base de mi cerebro primigenio.
Desde que no oigo la nada todo grita sin sentido.
Las frases encajan unas con otras levantando
un muro uniforme y sólido a mi alrededor.
Tus palabras acabarán convertidas en los ladrillos
que alimentan las paredes de esta celda de castigo.

 

Todavía pienso que puedo negociar mis límites,
que el abismo puede tener orificio de salida.
Estoy a tiempo de aceptar que ya no hay tiempo que valga.

 

 

 

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