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El conductor temporal 1

 

Abre la pesada puerta traslúcida y se detiene un instante a analizar el aforo del comedor. Cinco o seis uniformes se agrupan en torno a una mesa, al fondo. El resto de mesas, como islas deshabitadas, se reparten en un equidistante archipiélago color verde fluorescente. No le apetece hablar con nadie. Lleva su mochila a una de las mesas solitarias y saca un bocadillo envuelto en papel de plata y una botella de agua.

Todavía queda media hora para empezar la jornada. La última jornada de una larga semana que sigue a un sinfín de largas y tristes semanas como conductor de metro. Rebobina una y otra vez escenas, escogidas por su trascendencia e impacto, como el tráiler de una película, del drama interpretado justo antes de salir de casa. La pelea, los insultos, las lágrimas y el portazo, que retumba en su sien como la batería que marca el final de una canción, una canción que se repite indefinidamente y se arrastra sin dignidad buscando notas perdidas. Se pregunta cómo han llegado a aquí, y se responde con evasivas. Ojalá volviera a verla con los ojos de antes. Daría lo que fuera por detener el tiempo en la fracción de segundo en que sintió que ella lo era absolutamente todo, lo llenaba absolutamente todo.

Desenvuelve el bocadillo a la vez que se le cierra el estómago, desde dentro, como una habitación del pánico a una agresión. Ya no se esfuerza en intentar recordar el motivo de la discusión: es una de tantas y tantas que parecen brotar de la nada y sin embargo en un momento tiñen de rabia y odio todo lo que tocan. No necesitan un motivo, sólo una excusa para prender de nuevo la llama que ha consumido el aire a su alrededor y les ha dejado boqueando, como dos peces agitándose entre los cristales hechos añicos de su pecera.

Los uniformes del fondo de la sala se levantan con arrastrar de sillas y pasan a su lado ya sin disimular el no verle. El bocadillo permanece vigilado atentamente sobre su alfombra plateada. Está tan cansado, de todo. Hace siglos que no duerme. Se pasa las noches reconstruyendo su memoria, apuntalando recuerdos de cuando la conoció. De cuando un día sin verla era un día vacío. De cuando amueblaron con proyectos su recién estrenado piso en el centro. De sábanas manchadas de vino. De su risa en el espejo del baño. Del brindis eterno cuando le ascendieron a conductor de la flamante nueva Línea Temporal del metro.

Vaya fracaso esa línea. Recuerda el día de la inauguración cómo la gente se apretaba en el andén con los ojos y los recuerdos brillando en su semblante, dispuestos a ser testigos en vivo de su juventud, de su felicidad, de revivir a sus seres ya perdidos, de ver otra vez con sus propios ojos los buenos tiempos, también perdidos. “Deje que el Metro le transporte no sólo a un lugar sino a un tiempo” decía la televisión a todas horas. “Sea testigo de su historia” iluminaban los carteles en los andenes.

Faltan quince minutos para las diez en el reloj del comedor. Se frota los ojos queriendo pausar las imágenes que hacen cola esperando su turno en el carrusel desbocado de su cabeza. Distingue el contorno de sus ojeras enmarcadas en la pantalla de la máquina de café, como puntos suspensivos que esperan pacientemente a que acepte lo evidente. Es el fin. Se acabó. Sopesa de nuevo la idea que le ha perseguido los últimos meses, la idea de utilizar la Línea Temporal.

No lo ha hecho nunca. Desde el principio desconfió de ella, de que viajar con un billete de metro a tu pasado y ser un voyeur de momentos puntuales de tu historia no podía traer nada bueno; y así se confirmó poco después. El andén cada vez estaba más vacío. Cada vez menos viajeros iban de visita a espiar a su yo más joven, más ilusionado, más esperanzado. Cada vez menos gente estaba dispuesta a revisar sus recuerdos y reajustarlos a una no tan luminosa historia, salpicada de grises acontecimientos que la memoria, en aras de un seguir adelante, se había encargado de maquillar y finalmente borrar. Preferían mantener una vivencia adulterada a conveniencia que sustituirla por una aplastante verdad.

Y así la tan aclamada Línea Temporal cayó en desuso y se convirtió en territorio exclusivo de compañías de seguros, investigadores de policía y melancólicos empedernidos. Y a este último grupo se veía arrastrado. Estaba casi convencido, como cada día últimamente, de que al acabar el turno se bajaría en la estación de los años 90 y buscaría esos turbios grises que le ayudarían a terminar definitivamente la relación.

Pero temía no encontrarlos; temía observar la dicha en sus sonrisas sin mácula, en sus gestos ya en desuso, en sus voces limpias y apasionadas, en sus respiraciones confiadas, en sus miradas presentes, y convertirse en un fantasma errante y errado envidiando una felicidad perdida.

El reloj del comedor le obliga a levantarse. Al pasar junto a la papelera tira el bocadillo y envuelve de nuevo la idea.

 

 

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