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¿Duermes? 1

 

Crees que te caes pero estás tumbado en el sofá. Miras a tu alrededor y reconoces tu salón sumergiéndose en las sombras del ocaso. Notas la boca pastosa y el ligero abrazo de la manta echada por encima. ¿Cuánto has dormido? Te acercas la muñeca izquierda a los ojos pero no hay suficiente luz para atrapar las manecillas. Intentas pensar. Te incorporas y te frotas vigorosamente la cara. Algo te inquieta y te ha expulsado del sueño. ¿Una pesadilla? Te desperezas estirando los brazos y sacudiéndote los restos de letargo de la ropa. Sigues intentando pensar. Buscas el tabaco, los filtros, el papel, el encendedor y la máquina de liar. Una pesadilla, seguro. Te preguntas de qué iba. El cenicero está rebosante de colillas pero convienes en que podrás encajar una más. Enciendes el cigarro a la vez que sorprendes a la hora. Más tarde de lo que pensabas; más pronto de lo que desearías. Te esfuerzas por unir los jirones sueltos, los fragmentos deshilachados que son los recuerdos del sueño. Alguna imagen se va formando en tu cabeza. Estás esperando a alguien, en la calle, en una esquina. Es de noche. Gente que pasa. Das una calada profunda y te levantas del sofá. Tienes hambre. Vas a la cocina y abres la nevera. Una pareja joven se detiene ante ti, ante la esquina concurrida, aunque no pareces percatarte sumido como estás en lo que parecen oscuros pensamientos. Los estantes de la nevera son una colección de alimentos desparejos y de restos de serie. La mujer se acerca. Te percatas de ella. Parece que quiere decirte algo. Lleva algo en la mano, y te la alarga. Son dos monedas. Te está dando limosna. Te quedas parado ante la nevera abierta. Este pensamiento te ha robado por un instante la concentración requerida. No hay nada que te llame la atención y la cierras. La vuelves a abrir con la esperanza de haya cambiado algo. La mujer te estaba dando limosna, pero no recuerdas que estuvieras representando un rol que se prestara a ello, como de homeless o pobre. No. Eras tú, con tu idiosincrasia, tu nivel económico, tu respaldo familiar. Eras el mismo de hoy. La búsqueda en la nevera ha sido infructuosa y esperas tener más suerte en el cesto de la fruta y, sobre todo, de cosas varias. Remueves un poco y extraes un agraciado mantecado de limón. Vuelves al sofá sabiendo que te levantarás a por otro. No sabes cómo encajar el golpe y le haces un gesto a la mujer sin tener muy claro qué quieres decir. La mujer se da cuenta de que se ha confundido y se deshace en disculpas y más disculpas mientras se da la vuelta avergonzada y desaparece cogida del brazo de su marido. Te ha querido dar limosna. Hay muchos casos que pueden llevar a confusión o a un juicio errado o precipitado sobre la condición de una persona, pero peores que que quieran darte dinero porque crean que lo necesitas no habrá muchas más cosa, digo yo, sin querer exagerar. Sé que no debes dramatizar el hecho, que a la pareja le movían únicamente buenas intenciones; pero da qué pensar cómo una imagen que han visto en ti les ha removido la conciencia hasta haberles provocado sentimientos de pena, de compasión, y hacerles querer darte unas monedas. Apagas el cigarro con el resto de colillas del cenicero y luchas con trozo de mantecado pegado a una muela. Las imágenes del sueño son ya del todo claras y se repiten una y otra vez como un eco retumbando en tu cabeza. Sabes que no eres realmente tú al que quieren ayudar con su limosna, que no te están viendo a ti sino a la idea de alguien que creen es merecedor de ella; pero aunque, y en el mejor de los casos, tengas la suficiente certeza de que ese no eres tú, no es menos cierto que esa es la imagen que ellos vieron de ti y que tu les transmitiste, y eso no lo puedes obviar. No te confundieron con un amigo al que esperaban, ni con un policía secreta, no te pidieron la hora, no te preguntaron por una calle, ni les pareció que tuvieras una pinta peligrosa, no te hablaron en inglés, no te intentaron robar ni te querían pedir nada. Simplemente algo les movió a darte dinero. Sin más. En todo el amplio abanico de posibles equívocos, eligieron ese. Sin albergar duda alguna de que esa imagen que creen reconocer y ajustarse a ciertos parámetros establecidos pueda ser fruto de un error de apreciación. Simplemente querían dar unas monedas a alguien que parecería agradecerlo, y ya está. Levantas los pies y los encoges un poco para que quepan en el sofá. Te cubres con la manta de una compañía aérea. Pero eso no te va a hundir, sé que sabes que eso no va poder contigo, que esa imagen no eres verdaderamente tú, que no estás ni mucho menos en esa situación, ni seguramente lo estarás nunca. No flaquearás por eso. Seguirás adelante. Pero también siento cómo esa confusión clava un poco más hondo en ti el silencio y la derrota y te aleja un poco más de la superficie en tu lenta pero constante caída hacia el fondo del abismo. Hace rato que has cerrado los ojos y te abandonas al sueño. Estás harto de pensar y pensar y dar vueltas una y otra vez a las mismas cosas y a los mismos argumentos, sin moverte un centímetro, sólo para caer y caer, sin nada a lo que agarrarte, por la escarpada pared del vacío, la eterna, altiva e inasible pared del vacío. Das un respingo. Abres los ojos asustado. Crees que te caes pero estás tumbado en el sofá. Miras a tu alrededor y reconoces tu salón sumergiéndose en las sombras del ocaso. Notas la boca pastosa y el ligero abrazo de la manta echada por encima. ¿Cuánto has dormido?.

 

 

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