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Desechos 1

Soy el primero que se levanta por la mañana, antes que mis padres, antes que mis hermanos, antes que nadie. Vivimos cerca del mercado así que no tengo que andar demasiado por callejones oscuros. No me da miedo la oscuridad, pero camino más deprisa que por el día. Empiezo a trabajar cuando todavía es de noche y a medida que va despertando la jornada las sombras del mercado van desapareciendo y los colores brillan más.
Mi tío me consiguió este trabajo; lleva toda la vida aquí y es una persona muy conocida y respetada. Es un mercado de pollos. Todo son pollos. La gente viene aquí a vender y comprar pollos. Los pollos llegan siendo animales y se van convertidos en comida. Para convertir un pollo en comida hay que quitarle todo lo que le sobra; plumas, cabeza, patas, vísceras. Todo lo que hacía del pollo un animal hay que quitárselo. Y aquí es donde entro yo. Me dedico, con otros chicos, a recoger los desechos que le sobran al pollo. Miles de plumas, montones de cabezas, amasijos de vísceras.
Me paso el día moviendo cestos de desechos de un sitio a otro. Llego con mi cesto vacío y lo lleno de plumas ensangrentadas. Llego con mi cesto vacío y lo lleno de vísceras emplumadas. Lo arrastro entre los puestos del mercado, lo vacío y vuelvo a por más. Y así una y otra vez, una y otra vez, todos los días. Siempre hay cosas que sobran, siempre hay desechos. Nunca se acaban los desechos.
Mi tío empezó como yo, arrastrando desechos desde niño. Este siempre ha sido un mercado de pollos. Un día me contó que después de muchos años se dio cuenta de que no sólo ocurría durante las horas de trabajo sino que el resto del día también arrastraba otro tipo de sobras. Al principio sólo era una sensación, algo que no se llevaba el agua con la que se lavaba los chorretones de sangre al terminar la jornada, un cesto que no se quedaba amontonado con el resto de cestos vacíos del día. Una pesadez extraña que no sabía muy bien cómo definir. Notaba que continuaba arrastrando desechos, otra clase de desechos, pero desechos al fin y al cabo. Un montón de desechos que le acompañaba allá donde fuera.
Me contó que de vez en cuando conseguía vaciar ligeramente esa cesta, pero que poco a poco se volvía a llenar con los desperdicios de la vida, las cosas que le sobraban a la vida para convertirla en comestible. Los desperdicios de la vida, me dijo, son los residuos que va dejando el vivir.
Sin embargo, me decía después de una larga pausa mirándome fijamente a los ojos, los desechos que más me pesan en la cesta son los deshechos, las cosas que no hice, lo que no me atreví a hacer, lo que dejé para más tarde hasta que fue demasiado tarde. No sabía por qué pero lo que más le costaba arrastrar eran las vísceras de los sueños, las cabezas de los proyectos no realizados, las plumas de las oportunidades perdidas que se llevó el viento. Lo que más le pesaba eran el vacío y la pérdida.
Yo no entiendo cómo el vacío, el hueco, puede pesar. Si no hay nada no hay nada, y la nada no pesa, y no hay más. Pero mi tío es una persona muy inteligente, le respeto mucho, y dice que un día lo entenderé, que mi cesta también se irá llenando con los desechos y los deshechos de la vida.

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