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Cafés en terrazas 0

Como cada día escoge -no al azar sino fruto de minuciosos e incomprensibles parámetros- la terraza de un bar de las cuatro o cinco que se reparten por la minúscula isla donde vive.

Se sienta en la mesa más expuesta al mar, o a la plaza, en la silla que deja las demás mesas a su espalda en un intento de obviar a los demás clientes, haciéndoles desaparecer de su campo de visión, llenándolo de paisaje y transeúntes.

Pide un café y lía un cigarrillo. Ajusta la silla cara al sol. Rasga el sobre de azúcar -no del todo- y lo pisa vacío con el plato, para que no se lo lleve el viento. Remueve con la cucharilla y enciende el cigarrillo. Da un sorbo con cautela y una profunda calada. Otro sorbo. Otra calada. Se recosta. Ya está preparado.

Mira a un lado y a otro, unas cuantas veces. Está un poco nervioso; nervioso y expectante. Debería haberlo pedido descafeinado.

Pasea la vista por entre el movimiento aparentemente desordenado del bullicio, rastreando gestos de complicidad. Algo de contenida impaciencia le recorre la espalda. Busca reconocer actitudes como hebras con las que deshacer la madeja; un cabo suelto que atarse a la cintura y tire de él reenganchándolo al engranaje.

Se quita las gafas de sol y las deja en la mesa, junto a la taza, como tratando de afianzar su identidad y facilitar así la conexión evocadora en la rueda de reconocimiento insinuada.

Escudriña caras y sucesos esperando que le recuerden y le adopten y le hagan cómplice del devenir. Cierra los ojos con fuerza disimulada. Pasan los minutos. Pasa la gente. No pasa nada. Necesita respirar otra calada y apagar su incipiente ansiedad.

Deja caer el cigarrillo consumido entre los pies, y con el, la excusa del movimiento y parte del andamiaje sobre el que descansa y oculta su ineficacia.

Mira la hora en el móvil que guarda en el bolsillo izquierdo del pantalón; todavía hay tiempo. Apura la taza y rebaña la crema con la cucharilla. Trata de mantenerse receptivo, con la mente predispuesta para no dejar que se le escabullan las pistas que ha venido a descifrar. Cachea supuestos indicios. Registra falsas opciones.

Una especie de membrana traslúcida en torno a él se mantiene impermeable a cualquier estímulo que le pueda hacer partícipe y colaborador de los hechos que le rodean. Los acontecimientos no le salpican.

Se concentra en su inmovilidad y emite una y otra vez una llamada de atención, sin recibir respuesta alguna. Mira fijamente un punto indeterminado en la distancia, asegurándose que transforma todos los poros de su piel en diminutos imanes que atraigan el porvenir y le de sentido a las cosas. Permanece ninguneado por el destino y el suceder.

El camarero retira la taza vacía; se le acaba el tiempo, empieza a sobrar. Empieza a asumir que hoy tampoco vendrá, que hoy tampoco ocurrirá el imprevisto. Levanta la mano y pide la cuenta. Empieza también a sentirse ajeno al espacio que ocupa en la mesa, en la terraza, en su isla, entre los afanados habitantes de su isla, como una pieza mal colocada que no encaja pese al esfuerzo del acomodo.

Deja unas monedas sobre el papel y se levanta, desubicado, sintiéndose demasiado culpable por usurpar la mesa como para esperar el cambio. Se ajusta la chaqueta y mira a su alrededor, de nuevo consciente del resto de clientes que se arremolinan en conversaciones excluyentes y se marcha remando sobre el asfalto.

La oportunidad no ha acudido a la cita, una vez más. Quizá no estuviera enterada de ella. O eso o le esquiva deliberadamente, mirándole de lejos, escondiéndose detrás de la gente, detrás de las formas, de los posibles. O quizá es él el que equivoca el punto de encuentro y el proceder. No lo sabe.

Mañana volverá a salir. Volverá a sentarse en una terraza de cara al mar. O a la plaza. Volverá a pedir un café y a liarse un cigarrillo. Volverá a esperar. Volverá, quizá, a encontrarse algún día.

 

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